La clave de la felicidad

(dedicado a él, que se perdió de si mismo, y lo perdió todo)

La semana pasada murió el gurú indio Maharishi Mahesh Yogi, que introdujo el hinduismo “práctico” en occidente creando del método de Meditación Trascendental. Antes de él ya había importantes corrientes de yoga, pero digamos que su sistema de 20 minutos diarios de meditación dirigidos a reducir el stress y mejorar la concentración y calidad de vida, influyó mucho en la sociedad; ha sido practicada por más de 5 millones de personas. También ha sido el maestro de mi actual gurú, Sri Sri Ravi Shankar.

Mi cosmogonía personal padece de una aparente contradicción. Veamos: yo soy hijo de la razón. Me crié en un república, laica pero que sostiene (o sostenía) a su iglesia católica, de unos padres de diferentes religiones, esto es, no tuve una formación religiosa especial. Soy hijo de la razón, decía: creo en la inteligencia, el razonamiento abstracto, la conceptualización de todo. Creo en la ciencia, en los procedimientos científicos, en la prueba empírica, en la enciclopedia. Practico psicoanálisis de diván.

Pero también tengo gran facilidad para meterme de lleno en la conciencia espiritual, y no sólo en la teoría: he tenido experiencias vivenciales que se podrían considerar místicas. Casi todos mis conocimientos metafísicos los he pasado por el tamiz de la experiencia. Entiendo y comparto las teorías kármicas, las leyes de causa y efecto y tengo claro cuál es mi conciencia de reencarnación, sin atender a si creo o no, a si es verdad o no, a si se puede o no probar.

Estas dos vertientes parecen contrapuestas, pero no puedo evitar ser como soy. Mi propósito vital es desarrollarme en todas mis facetas, y el primer paso es reconocer dichas facetas, para luego ver cómo casarlas, como evitar la contradicción, o la esquizofrenia.

Uno de los temas que me agobiaban antiguamente era el concepto de la igualdad entre las personas. Yo, siendo políticamente de izquierdas, creo que todos los seres humanos somos iguales. Pero, de verdad, con una mano en el corazón, ¿realmente vemos a todo el mundo igual? Me costaba estar en paz con esa idea, y la espiritualidad me dio la solución. Todos somos iguales en el fondo: somos almas, diamantes. Pero cada uno tiene encima su propia suciedad, como barro sobre el diamante. El que lleva menos, brilla más, y otros están sepultados bajo toneladas de caca. Todos deben tener las mismas posibilidades y derechos, incluso los más desdichados y pobres merecen ayuda, pero para tratar a todo el mundo igual debo remitirme a lo que son en esencia, en el fondo, porque en este plano terrenal, no lo son, y el trabajo de limpieza lo debe hacer cada uno, nadie avanza en su limpieza porque otra persona lo quiera.

Otro tema es el de la positividad, la actitud positiva. Está claro que una actitud proactiva y relajada siempre nos va a facilitar el camino, es más atractivo para los demás, reduce el stress. Una sonrisa es siempre mejor que un ceño fruncido. Pero una actitud positiva forzada, el empeñarse en sonreír cuando todo está mal, para mi es simple y llanamente negación. A veces no estoy contento con ciertas cosas que sé que pueden cambiar (ahí está una de las claves: saber qué es lo que puede cambiar y qué no), y si mi queja va a servir para que cambie, que no me digan que esté positivo. Está claro que también hay maneras de reclamar, y estoy dispuesto a hacerlo de manera asertiva y relajada. Voy a tirar piedras contra mi propio tejado: no me gusta cuando un partido en el gobierno dice que hay que ser positivo y acusa al partido en la oposición de cenizo. Esos son argumentos vacíos, y los hemos visto miles de veces. He visto gobiernos horrorosos acusando a los contestatarios de negativos y pesimistas. Pues no. Defender la alegría, eso si, claro, totalmente a favor. Pero con un mínimo de crítica, con un estrés práctico, el estrés que sirve para levantarse por las mañanas, para progresar.

Y por último (bueno, por no eternizarme), lo de la mente vacía. La mente en si misma no es la inteligencia. La mente es una herramienta, y como toda herramienta, sirve para lo que sirve, y no se puede usar para otra cosa. Un martillo clava clavos, no sirve para acariciar. Con la mente pasa lo mismo. Sirve solamente para razonar, para hacer cuentas, para planificar procesos prácticos, pero la usamos para todo, todo el día, agitándose como un pez fuera del agua. Con la mente nos anticipamos al futuro, revisamos el pasado, intentamos adivinar intenciones en los demás, nos llenamos de expectativas que nos frustran, justificamos el ego. Cuando en meditación aprendemos a interrumpir esa actividad frenética, descubrimos lo que hay debajo, eso que está permanentemente eclipsado, ahogado, que no es ni más ni menos que nuestra verdadera naturaleza, lo que somos realmente, el observador, lo que permanece, siempre.

El estado ideal para la felicidad es una mente callada. Esta es mi dicotomía. ¿Qué hacer con la razón? Conozco muchas mentes calladas, que seguramente son felices, pero no personifican mi idea de inteligencia. Una vez más, en la misma contradicción está la respuesta. La felicidad no es un estado permanente. Nuestro diario devenir no transcurre en un estado meditativo continuo (ya me gustaría a mí). La mente tiene todo el día para hacer su trabajo, enfrentándose a situaciones donde sí puede y debe ser de utilidad, hasta donde llegue la capacidad de cada uno. Hacer el trabajo.

Pero que la mente haga solamente lo que tiene que hacer, ni más ni menos. Para que cuando esté hecho, con la satisfacción del trabajo bien hecho, seamos capaces de cumplir con el secreto mejor guardado, la clave para la felicidad:

La mente vacía, el corazón lleno… y las manos ocupadas.

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6 comentarios to “La clave de la felicidad”

  1. Laura Says:

    Sos tan claro en tus razonamientos,

    Mucho para pensar para meditar, para poner en práctica. Mi duda “el barro sobre el diamante” ¿lo pone cada uno? ¿nace con uno? ¿porqué algunos tan oscuro y otros tan luminosos?

    beso!

  2. Telecine Says:

    lau, según las leyes kármicas, hay causas propias, de los propios actos y pensamientos, y hay karma social (de tu comunidad), de tu linaje, histórico, de otras vidas, etc. Para que el diamante brille podemos limpiar con los diferentes métodos (crear prana, meditar, entonar, ofrecérselo a tu maestro iluminado o dios), lo que resulta muy práctico para el karma “heredado” (lo pongo entre comillas porque eso también lo hemos elegido), y también vale para el propio… ¡aunque lo mejor para el propio es no crearlo!

    Pero bueno, creo que no hay que obsesionarse, esto es “food for thought”, no me lo tomo como doctrina indiscutible, sólo creo que es una conciencia adecuada para enfrentarse al caos vital sin desfallecer y con un mínimo de esperanza…

  3. magdalena Says:

    Mi ex iba una vez por semana a meditación, yo le acompañana algunas veces. En una de ellas tuve una especie de sueño (pero sin estar dormida) que no puedo describirlo por todo lo que había en él. Yo ya llevaba un tiempo haciendo análisis, así que supongo que fué una mezcla de todo. Pero lo curioso es que lo que soñe, si bien algo que no podría darse en la realidad, solucionó muchas de las cuestiones que me angustiaban profundamente. Me desperté llorando, pero no por tristeza, sino por no poder dar una explicación de lo que había soñado.
    Con la religión la llevo bastante complicada, porque fuí a colegio de monjas francesas (bonjour ma soeur, au revoir ma souer mil veces al día), qu einsistían mucho con eso de ‘Dios todo lo vé’, vaya trauma que creaban en las niñas (era colegio de niñas).
    Lo que digo, que a veces es complicado intentar explicar ciertas cosas, especialmente a uno mismo. Yo no creo que esten fuera del ambito de la mente, simplemente que nuestro conocimiento de nuestra propia mente es bastante limitado.
    (perdón por lo extenso)

  4. Telecine Says:

    magda, no sé, la mente es una parte nada más, hay mucho aparte de la mente… Tú extiéndete lo que quieras, mi bloj es tu bloj 🙂

  5. Real Love Says:

    Joder, me parece interesantísimo todo. Sobre todo el hecho de reflexionar sobre algo sabiendo que no pretendes llegar a una respuesta definitiva, aquello de no plantearse si existe o no, sólo si sirve. Es como de madurez total, estoy totalmente de acuerdo con eso. Lo de la mente vacía, en cambio, es lo que más dudas me crea: no se puede entonces pensar en una situación negativa, por ejemplo? Quiero decir, sentirse bien o mal o pensar en algo bueno o malo que te ha ocurrido no debe hacerse con la cabeza? Cómo se consigue entonces no pensar sobre sentimientos?

  6. Telecine Says:

    real, entiendo tu duda, a mi me cuesta a veces entender como se puede “pensar” sin la mente. La mente no es el cerebro. En cualquier caso, como digo, no creo que todo el trabajo de la mente sea negativo, sino que lo que hay que evitar es retorcer los pensamientos obsesivos y fuera del presente. Y siempre usar la mente para algo práctico, que es para lo que sirve. Quizás por “pensar” a veces nos referimos a “reflexionar”, que es una forma de meditación, sana y necesaria, y no lo veo como un trabajo de la mente…

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