Posts Tagged ‘Sri Sri Ravi Shankar’

Telecine blog of dreams

noviembre 6, 2010

 

Lunes 8 de noviembre, Todos los Santos, paseo con Micky y Monik, dos o tres expos. Una: Fellini en Caixa Forum. Sala del “Libo de los Sueños”. Federico abducido por el diván, ilustra cuidadosamente cada día durante décadas sus sueños de la noche anterior, con mucho detalle, colores, acuarelas. Me impacta.

Earth calling subconscious. Ahi está lo que queda de lo que pasa. Las impresiones. Aquí nos queda el manejo de las reacciones y nuestra conducta, pero las cosas pasan con o sin nosotros y el ideal es ser agua en la que nada deja marca y hacia allí voy.

Rompen la baraja. Debajo de los muros del castillo de naipes, llenos de humedades, había una estructura sólida. Décadas de ingeniería. Sirve, vale, gusta, sigamos, (re)construyamos. Escuchar, compartir, dejarme querer (y también soportar). Me embarco, pero no pienso descuidar lo que me trajo hasta aquí en razonable buen estado (teniendo en cuenta de dónde vengo y para mi edad).

Son sólo tres o cuatro cosas. Todo lo demás es puro evento. Si lo escribo es, si se me permite, como Fellini dibujando sus sueños: para entenderme y para soltarlo. No te olvides, que ya te pasó antes, ya te aferraste a las palabras. Parecen algo sólido sólo porque permanecen en un papel o en una pantalla . Pero son las mismas que se hablan y desaparecen en las vibraciones. Son las que se cantan. Si te equivocas, las palabras cristalizan lo que debían apuntar y disolverse. Las palabras son mi gouache en este momento. Pueden ilustrar con gran belleza y mucho subtexto, pueden detonar, iluminar, tienen tanto poder… pero no son lo que observa.

“La vida entera es un ejercicio vano de expresar lo inexplicable”. Sri Sri Ravi Shankar

 

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La clave de la felicidad

febrero 14, 2008

(dedicado a él, que se perdió de si mismo, y lo perdió todo)

La semana pasada murió el gurú indio Maharishi Mahesh Yogi, que introdujo el hinduismo “práctico” en occidente creando del método de Meditación Trascendental. Antes de él ya había importantes corrientes de yoga, pero digamos que su sistema de 20 minutos diarios de meditación dirigidos a reducir el stress y mejorar la concentración y calidad de vida, influyó mucho en la sociedad; ha sido practicada por más de 5 millones de personas. También ha sido el maestro de mi actual gurú, Sri Sri Ravi Shankar.

Mi cosmogonía personal padece de una aparente contradicción. Veamos: yo soy hijo de la razón. Me crié en un república, laica pero que sostiene (o sostenía) a su iglesia católica, de unos padres de diferentes religiones, esto es, no tuve una formación religiosa especial. Soy hijo de la razón, decía: creo en la inteligencia, el razonamiento abstracto, la conceptualización de todo. Creo en la ciencia, en los procedimientos científicos, en la prueba empírica, en la enciclopedia. Practico psicoanálisis de diván.

Pero también tengo gran facilidad para meterme de lleno en la conciencia espiritual, y no sólo en la teoría: he tenido experiencias vivenciales que se podrían considerar místicas. Casi todos mis conocimientos metafísicos los he pasado por el tamiz de la experiencia. Entiendo y comparto las teorías kármicas, las leyes de causa y efecto y tengo claro cuál es mi conciencia de reencarnación, sin atender a si creo o no, a si es verdad o no, a si se puede o no probar.

Estas dos vertientes parecen contrapuestas, pero no puedo evitar ser como soy. Mi propósito vital es desarrollarme en todas mis facetas, y el primer paso es reconocer dichas facetas, para luego ver cómo casarlas, como evitar la contradicción, o la esquizofrenia.

Uno de los temas que me agobiaban antiguamente era el concepto de la igualdad entre las personas. Yo, siendo políticamente de izquierdas, creo que todos los seres humanos somos iguales. Pero, de verdad, con una mano en el corazón, ¿realmente vemos a todo el mundo igual? Me costaba estar en paz con esa idea, y la espiritualidad me dio la solución. Todos somos iguales en el fondo: somos almas, diamantes. Pero cada uno tiene encima su propia suciedad, como barro sobre el diamante. El que lleva menos, brilla más, y otros están sepultados bajo toneladas de caca. Todos deben tener las mismas posibilidades y derechos, incluso los más desdichados y pobres merecen ayuda, pero para tratar a todo el mundo igual debo remitirme a lo que son en esencia, en el fondo, porque en este plano terrenal, no lo son, y el trabajo de limpieza lo debe hacer cada uno, nadie avanza en su limpieza porque otra persona lo quiera.

Otro tema es el de la positividad, la actitud positiva. Está claro que una actitud proactiva y relajada siempre nos va a facilitar el camino, es más atractivo para los demás, reduce el stress. Una sonrisa es siempre mejor que un ceño fruncido. Pero una actitud positiva forzada, el empeñarse en sonreír cuando todo está mal, para mi es simple y llanamente negación. A veces no estoy contento con ciertas cosas que sé que pueden cambiar (ahí está una de las claves: saber qué es lo que puede cambiar y qué no), y si mi queja va a servir para que cambie, que no me digan que esté positivo. Está claro que también hay maneras de reclamar, y estoy dispuesto a hacerlo de manera asertiva y relajada. Voy a tirar piedras contra mi propio tejado: no me gusta cuando un partido en el gobierno dice que hay que ser positivo y acusa al partido en la oposición de cenizo. Esos son argumentos vacíos, y los hemos visto miles de veces. He visto gobiernos horrorosos acusando a los contestatarios de negativos y pesimistas. Pues no. Defender la alegría, eso si, claro, totalmente a favor. Pero con un mínimo de crítica, con un estrés práctico, el estrés que sirve para levantarse por las mañanas, para progresar.

Y por último (bueno, por no eternizarme), lo de la mente vacía. La mente en si misma no es la inteligencia. La mente es una herramienta, y como toda herramienta, sirve para lo que sirve, y no se puede usar para otra cosa. Un martillo clava clavos, no sirve para acariciar. Con la mente pasa lo mismo. Sirve solamente para razonar, para hacer cuentas, para planificar procesos prácticos, pero la usamos para todo, todo el día, agitándose como un pez fuera del agua. Con la mente nos anticipamos al futuro, revisamos el pasado, intentamos adivinar intenciones en los demás, nos llenamos de expectativas que nos frustran, justificamos el ego. Cuando en meditación aprendemos a interrumpir esa actividad frenética, descubrimos lo que hay debajo, eso que está permanentemente eclipsado, ahogado, que no es ni más ni menos que nuestra verdadera naturaleza, lo que somos realmente, el observador, lo que permanece, siempre.

El estado ideal para la felicidad es una mente callada. Esta es mi dicotomía. ¿Qué hacer con la razón? Conozco muchas mentes calladas, que seguramente son felices, pero no personifican mi idea de inteligencia. Una vez más, en la misma contradicción está la respuesta. La felicidad no es un estado permanente. Nuestro diario devenir no transcurre en un estado meditativo continuo (ya me gustaría a mí). La mente tiene todo el día para hacer su trabajo, enfrentándose a situaciones donde sí puede y debe ser de utilidad, hasta donde llegue la capacidad de cada uno. Hacer el trabajo.

Pero que la mente haga solamente lo que tiene que hacer, ni más ni menos. Para que cuando esté hecho, con la satisfacción del trabajo bien hecho, seamos capaces de cumplir con el secreto mejor guardado, la clave para la felicidad:

La mente vacía, el corazón lleno… y las manos ocupadas.